Prosa (finlandia) rota III

Me he contaminado de tu poca luz
de las esquinas congeladas
del olor a café malo.
De palabras que cristalizan mares
y tu boca nunca
Y tu lengua siempre.

Mis cloacas se fueron iluminando
cuando en tus calles solo habitaba la luna.

Y de nuevo tú.

Las casas blancas con calles estrechas
palmeras arqueadas por el viento
y los rayos del Sol bailando sobre mí.
El olor del Mediterráneo
y el incienso del Albayzín.
El paseo de los tristes
una guitarra toca Tárrega
una paloma el suelo
y Yo tu piel,
y yo Tú,
tu Piel,
nunca.
(o siempre)

 

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Prosa (finlandia) rota II

Las olas rompen en la orilla de mis ganas por comerte

pero nunca traen nada.

Las calles mojadas

de una ciudad que no para de llover.

El pecho frío

por un corazón caliente

que ya nunca.

Una sonrisa

que jamás la crucé

y me dio igual.

Pero ahora ven

(no sé para qué)

con una venda en los ojos

sonrisa en las dos manos

y sh.

Prosa (finlandia) rota I

Las clavículas llenas de telarañas.
Y mi barriga una cloaca
Donde se puede escuchar la noche
de unos grillos ausentes.
Que ojalá, no.

No paro de ir a fiestas
(y ojalá sí)
de sonreír, de jugar con mi copa mientras intento desplomarla junto con esa mirada que parece que llega pero siempre se pierde en el último momento.

Y ojalá sí. Porque ojalá en una cama
Aunque sea metafórica
de brazos
sonrisas
o lágrimas
de piel. Seguir leyendo “Prosa (finlandia) rota I”

¿Cómo estás?

Te vas sin haber vuelto y vuelves sin necesidad de hacerlo. No recuerdo el olor de tu pelo, ni siquiera el color de tu voz.

Pero ya me estás abrazando.

No tan fuerte, por favor.

No muevas la lenguas, tus ojos lo hacen mejor.

Tampoco te la muerdas.

Puedes escribirlo mejor.

O tatuártelo.

O gritarlo.

Pero no tan fuerte, por favor.

Autoretrato II

helsinki-2005916_1920.jpgEl hombre de hielo, del silencio oculto en su flequillo, huye a la ciudad de las 300 islas para camuflarse entre la nieve. Y por primera vez echará de menos al Sol que tanto le derrite y maldice. Cuatro meses, Ludovico Einaudi y un par de abrigos en una maleta he necesitado para asumir que me voy a Finlandia.

Y admito que voy a aprender a echar de menos.

Impresionante.

Y valorar los brazos-refugio que siempre han estado a mi lado durante a saber quién lleva la cuenta.

Y los pies fríos en la espalda bajo el edredón.

Y la risa tonta que no entiende nadie.

Como anticipé, escucho a Ludovico Einaudi aun sin gustarme. Más bien me encanta. Me pongo intensito y profundo cada vez que lo escucho y como muestra, estas palabras en este blog ya muerto. Lo disfruto más que a Mozart e incluso que a Bach, seguro por culpa de mi ignorancia (o por la sinceridad de admitirlo). Para que os quedéis tranquilos, he tarareado quinientas veces Despacito este verano, y lo hice casi con la misma pasión que podría llegar a sentir escuchando o tocando un nocturno de Chopin. De nuevo, seguro por mi ignorancia delictiva.

Amar significa de todo menos destruir. Y por eso pueden convivir Messiaen, Einaudi y Bach en un frasco sin esto significar que menosprecie a uno u otro. Tolerancia musical.

De mayor, dinero.

No sé si manchar la pared de lágrimas o de sangre. Muchos adolescentes han hablado acerca de los referentes en sus vidas. Y solo veo dinero, machismo y destrucción. No importa cuánto daño causes. Tampoco si tu corazón está podrido por los números y la avaricia. La “riqueza” lo justifica todo.

Las palabras que son capaces de reconstruir corazones rotos en mil pedazos. Los versos que no solo rompe con la rima, si no con tópicos y estupideces “humanas”. Las mujeres ocultas por un mundo despreciable. Las voces que gritan a pesar de la censura democrática.

Todo eso hemos decidido tirarlo a la basura. Para así tener más hueco en la cartera.

Grietas de papel

Pareces un terremoto. Infranqueable, dura, imposible. Sonríes tan fuerte que rompes con todo. Y con todos. Un trueno que cae e incendia un bosque; como cuando miras y unos ojos se cruzan con los tuyos.

Pareces un terremoto, pero en realidad estás hecha de papel. Que no insistas, ni sonrías, ni mires a otro lado como si no fuese contigo. Que no. Que lo sé, que eres de papel, lo he visto en todas esas palabras firmes convertidas en dudas. No he necesitado quitarte la ropa para verte desnuda y ver tu piel llena de caminos que nunca llegan a nada. Pero te remueven el estómago y qué más da todo; si tú, si él. Si la luna, do menor, o las risas. ¿No?

Inquietantes ojos que no saben dónde mirar cuando tu lengua conjuga en futuro, ¿cuántas veces has querido perderte? ¿tantas como besos se han quedado en el olvido por quién sabe qué – o quién?

Ni si quieres eres capaz de esperar a terminar de leer esto para hacer de las tuyas.

Te rompes una vez. Y otra. Y te pierdes y te encuentras. O te pierden, y a la vez te descubren incendiándote en tu propia mirada. Contando las notas que te quedan para cadenciar. Y te haces duda, porque no lo sabes.

Pero sigues sonriendo. Haciendo de bosques, incendios.

Haciendo de incendios, cielos.

Que sí, que eres música. No lo dudes más.

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